Y pensar que llevo el poder en mis manos,
que más reparto, más recibo,
que más deseo, más obtengo,
que ha mayor ambición, mayor engaño.
Pensar que entendí el juego
o al menos llegué a esbozarlo,
y que por mi libre albedrío accedo,
quedo en la mira, ó sigo cantando,
cruzo montañas, ó piso la siembra,
piso personas, ó cruzo a caballo,
me quedo en la cama, ó busco la meta.

Pensar que el roce intacto
de mis dedos, suaves sobre sus hombros,
pueden ser gotas de alegria, en medio de la inmensidad
del peso existencial que le tocará beber.

Pensar que lo tenemos todo,
y estamos tan perdidos...
Pensar que en el olvido
nos podemos quedar también.
Y que no sirven los deseos del ombligo,
si el estómago está vacío
enmudecido y sediento
de justicia y caridad.

Miren bien a quién darán
un hueso viejo, ó un corazón partido,
que no sea el espejo de uno mismo
reflejado en la miseria humana.
Cuánto tengo, cuánto daña
a quién no se compartir.